Por Elsie Betancourt
Últimamente he pensado mucho en la huella que dejamos en los demás. No solo cuando morimos, sino también en esos pequeños momentos en que alguien nos recuerda por lo que fuimos, dijimos o hicimos. Esa huella —que no siempre advertimos mientras la trazamos— es, al final, nuestra verdadera marca personal.
La marca personal no es una etiqueta ni una estrategia; es la impresión que proyectamos de nosotros mismos al mundo, basada en nuestras habilidades, valores y personalidad. Es lo que nos diferencia, lo que genera confianza, lo que abre puertas. Y se manifiesta en todos los ámbitos: en lo social, lo personal, lo profesional.
Recientemente estuve en la misa de difunto de una persona cercana, y me puse a pensar en eso: en la impronta que dejamos con nuestro accionar. Cuando alguien muere, solemos decir “era tan bueno”, “pobrecito”, “no se metía con nadie”, era esto y lo otro … y casi nunca somos capaces de decirle en vida lo que admiramos —o incluso lo que detestamos— de esa persona.
Es interesante pensar con qué nos
asocian los demás en la vida diaria. A mí, por ejemplo, me dicen “la
Rapidito”, porque me gustan las cosas enseguida; soy puntual, estricta,
ordenada, asertiva, intensa y, sobre todo, las metas que me propongo las
cumplo.
Sería un buen ejercicio preguntar a quienes están cerca de nosotros, cómo nos perciben-no porque necesitemos la aprobación de nadie, para actuar, porque no la necesitamos, sino porque el ejercicio en sí mismo es revelador.
Siempre escucho decir que en la
vida lo que cuenta es el día a día, la familia, los amigos… Y me pregunto:
¿cómo hacer las paces con la vida? Tremenda pregunta. Quizás de eso se trate al final: de reconocer lo que somos sin maquillarlo, de
aceptar nuestras luces y nuestras sombras y de vivir en paz con ese retrato que
los demás guardan de nosotros.
Recordé el hermoso poema de Amado Nervo, En Paz, que parece escrito para quienes alguna vez nos hemos preguntado si hemos estado a la altura de la vida:
Y así sigue ese poema, con la
serenidad de quien entiende que todo —lo dulce y lo amargo— formó parte del
mismo viaje. Ninguna cantidad de ansiedad, cambia el futuro, ninguna cantidad
de arrepentimiento cambia el pasado, pero cualquier cantidad de agradecimiento puede cambiar el presente.
Quizás nuestra verdadera marca
personal no se mida en logros ni titulos, sino en la emocion que dejamos vibrando en quienes nos conocieron; no sólo en lo que decimos ser, sino en lo que los demás sienten cuando
ya no estamos. En las pequeñas acciones, en los gestos mínimos que, sin darnos
cuenta, van delineando el recuerdo que dejaremos. Quizá ahí esté la verdadera marca
personal: en saber agradecer, incluso a la vida misma, por habernos
permitido dejar una huella, aunque sea pequeñita, pero nuestra.
Al final, somos lo que hacemos con lo que la vida nos da y lo que los otros recuerdan de eso. Si dejamos una huella de bondad, honestidad o gratitud, no haria falta mas para decir, que en paz, supimos estar vivos.
Elsie Betancourt
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