Por Elsie
Betancourt
Nubecita es una de
mis gatos adoptados. El otro se llama Nina —aunque es macho—. Cuando fui a
recogerla al sitio donde me la habían ofrecido, ella se había escondido en el
patio del vivero y no pude encontrarla. Desde ese día entendí que estaba a
punto de adoptar a alguien temeroso y escurridizo.
Quince días después de aquella fallida recogida, la dueña del vivero me llamó de nuevo: por fin habían encontrado a la pequeña gata detrás de unas poteras. Parecía hecha de humo y algodón; muy flaca, larguita, y con unos enormes ojos amarillos que resaltaban en su pelaje. Sus hermanos y su mamá habian desaparecido. Desde el primer momento se mostró cariñosa conmigo. Donde yo iba, ahí estaba ella, pronta a revisar cualquier cosa que se moviera… y si se movía, más rápido aún.
La Navidad siempre
ha sido una fecha muy especial para mi familia. Me encanta decorar la casa con
el pesebre, el arbolito, luces de colores, bolas y otros adornos. Lo que no
tenía en mi registro, era la obsesión que estas decoraciones podrían despertar
en mis gatos: el pesebre hecho con cajas cubiertas de papel verde que simula la
grama; la casita del Niño Dios, ovejas, pastores, los tres reyes magos; y por
supuesto, el árbol de Navidad… entre más grande, mejor para ellos, era una tentacion inevitable.
Algo extraordinario iba a suceder...
Cierto día de diciembre, mientras recibía la visita de unos familiares, la casa brillaba por la noche con las tipicas luces navideñas. Todos reían, el aroma de la época lo llenaba todo. De repente, alguien preguntó por los gatos… y me di cuenta de que hacía rato no los veía. Me preocupé enseguida. Miré alrededor y noté que, en el piso, junto al árbol, había luces caídas y ramas estrujadas. El corazón me dio un salto: ahí tenía que estar uno de ellos.
Efectivamente, al
revisar el árbol, vi en la parte superior una cara de gato gris mirándome
fijamente desde el fondo del mismo. Nubecita tenía entre sus patas los cables
de las lucecitas. Llamé a mi hermana para que me ayudara a sacarla de allí, con
sumo cuidado, porque un mal movimiento podía hacer caer todo el árbol y desatar
un desastre navideño.
Cuando Nubecita se vio descubierta, corrió por la parte central del árbol y se escabulló hacia abajo con una velocidad impresionante. En su escape se trajo bolas de Navidad, luces, y casi tumba el árbol. El susto que se llevó fue tremendo… el mío también.
Desde entonces, en
mi casa hay restricción total para el área donde están los arreglos navideños. Nubecita
no lo ha aceptado del todo: cada diciembre se siente como si estuviera
cumpliendo una condena injusta. A veces se sienta frente a las cintas de
bloqueo imaginarias, mirando el árbol con la misma seriedad con la que otros
miran una puerta de prisión y mirándome a mí. Yo sé perfectamente lo que
piensa:
“Algún día… volveré a subir.”
Ahora,
los adornos viven tranquilos, el pesebre duerme en paz…y Nina y Nubecita vigilan
desde lejos, esperando el momento oportuno. Porque una cosa es segura: el
espíritu navideño vuelve cada año… y los planes de Nubecita también. Con
gatos en casa, este espíritu siempre viene con adrenalina….
Les deseo una Feliz Navidad





