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sábado, 24 de enero de 2026

Cuando el tiempo se adelgaza...

 

Por Elsie Betancourt

            Estamos en el umbral del 2026; año que no llega con fuegos artificiales, sino con exigencias, más responsabilidades, más silencios, más decisiones incómodas. No sabemos si estamos listos para vivirlas. El telón de fondo está tapizado con presión económica, incertidumbre laboral, tensiones sociales y hasta agotamiento emocional. Pero el día a día nos lleva a asumir lo que se nos viene a veces con fortaleza y asertividad, mientras que a otros los lleva a sumirse en la desesperanza.

            Uno de los retos más duros, que muchos tenemos, es el de la familia. Yo al menos he invertido años enteros de mi vida, construyendo rutinas alrededor de mi querida familia. Acompañando a mis hijos en las múltiples facetas que han vivido… me doy cuenta que un día ese tiempo empieza a disminuir, sin ceremonia; no es abandono, es crecimiento y sin embargo duele.

            No tenemos toda la vida para atesorarlos. El tiempo con ellos no se acaba de golpe, se adelgaza. Los momentos ya no son infinitos, son escogidos y por eso su valor. Siempre he leído que esa es la ley de la vida; como decía mi madre: “hija eres y madre serás” …sabia frase. Todos pasamos por ese proceso, se es hijo, luego padre y a veces padre de tu padre o madre.

 No hablo desde la nostalgia amarga, sino desde una lucidez amorosa. Según el pensador Hodding Carter: “Sólo hay 2 legados duraderos que podemos dar a nuestros hijos: uno son raíces, el otro, alas”.     Durante la vida, uno no es consciente de que, en algún momento, esa normalidad que puede tenerse, puede desaparecer abruptamente. Puede ser, como me recordaba mi hijo José Felipe, con una frase que lo marcó mucho, ahora que es padre de 2 hijos: “habrá días largos, pero los años se irán volando”.

            Talvez, nadie nos prepara para el momento en que dejamos de ser el centro de su mundo; pero si podemos prepararnos para seguir siendo Refugio para ellos. Estar presentes sin invadir, acompañar sin exigir.  Quizás por eso, valga la pena, pasar el mayor tiempo que se pueda con la familia- que resulten gratos esos momentos. El tiempo de los hijos y nietos es precioso- hay que estar siempre presente. Los amigos verdaderos, estarán presentes cuando todo haya cambiado.

            La familia cambia, crece, se dispersa, pero los vínculos verdaderos encuentran siempre la forma de volver. Así aprendemos que lo esencial no se fue, sólo aprendió a ocupar otro lugar.

nerea6@yahoo.com

martes, 20 de enero de 2026

El Paseo Inesperado...


            ¿Porque será que los humanos se sorprenden tanto cuando desaparecemos? Recuerdo mucho cuando siendo muy pequeña, vivía con mi mamá y mis 3 hermanos en un sitio donde había matas muy grandes, lleno de olores raros y muchos huecos para esconderse… me encantaba explorar y el olor de tierra mojada hacía que corriera detrás de lo que se moviera. Me encantaba correr entre las plantas y trepar las ramas que colgaban


Un día, sentí ruidos:  parecían venir de criaturas invisibles, gigantes que respiraban y sentí cerca de mi escondite, unas manos que no conocía, moviéndose entre las plantas. Me buscaban; desaparecí como llevada por un rayo.  No vi más a mi mamá y a mis 3 hermanos; me seguía preguntando para que me querían encontrar; el corazón se me quería salir.  Sabía que si me quedaba quieta todos me olvidarían.


Desconfiaba del menor movimiento cerca de mí;  días después de buscarme mucho, me agarraron y me pusieron en una cajita de cartón. Estuve asustadísima; Hice todo lo que pude para salirme, pero no lo pude conseguir. Lloré a ver si me mamá aparecía, pero nada. Me tocó esperar hasta cuando me trasladaron a un sitio desconocido para mi.

No había grama, plantas ni huecos; había un piso resbaloso y espacios muy grandes. Cuando me sacaron de la caja, todavía temblaba en el extraño sitio, que tenía paredes muy altas y lisas, mucho ruido de los gigantes que me atraparon…y me encontré con un gato blanco, quien no dejaba de mirarme feo y olerme. Le llamaban Nina.

Yo tenía hambre y sed; no sabía qué hacer, dónde pararme; extrañaba mucho la arena mojada, las plantas, hasta mi hueco dónde dormía. Esa ausencia repentina de todo, me puso triste. Encontré un canasto en donde echaban cosas y ahí me acomodé. Me empezaron a llamar Nubecita.

Poco a poco me fui acostumbrando al nuevo lugar…como no sabía dónde hacer mis necesidades encontré una caja con arena; al principio la compartía con Nina, pero como peleábamos, me consiguieron una, sólo para mí. Días después de mi llegada, empecé a explorar los alrededores del sitio. Había una zona en donde había muchas luces, bolas brillantes, cosas colgando de un árbol gigante; de noche aparecían luces de colores; me parecían divertidas las correrías dentro del árbol. Para mí, éste era un gigante, con ramas suaves, luces tentadoras y bolas de color que parecían gritar: “tírame¡” cuando las movía con mis patas. Parecia una jungla privada.

            Ni que decir de un promontorio de cajas forradas, en donde había muchas figuras extrañas- entre éstas una casita hecha de paja, mi predilecta para dormir.

                                                            

            Una noche, todo resplandecía en mi nueva casa; muchas luces se prendían y apagaban….eran como presas en movimiento. Los gigantes hablaban, reían, había mucho ruido y yo decidí explorar y ver todo desde lo alto del árbol; subí con tan mala suerte que se cayeron unas bolas que colgaban y al caer brincaban; mi dueña pegó un grito al ver eso y empezó a buscarnos a Nina y a mi… efectivamente al revisar el árbol, en la parte superior me descubrieron mirandolos. 

                                                            

  Aterrorizada, me bajé como pude y hasta me persiguieron con un periódico. Desastre total….


            ¿Qué creen estos humanos que yo iba a hacer ante tanto alboroto? Pues perderme… ahora sólo puedo admirar los alrededores sin entrar a ciertas zonas. ¿Y qué hace una gata sensata en pleno caos? Pues desaparecer. No por maldad… sino por talento profesional y respetando las normas que hay en mi nueva casa. Aprendí que algunos paseos no se planean, simplemente ocurren.

Irene Caminos...