Por Elsie Betancourt
La mujer a través de la historia
reciente, ha tenido un papel que se asociaba con ser reinas, santas y madres.
Con el correr del tiempo la naturaleza femenina y las relaciones entre hombres
y mujeres tanto en el pasado como en el presente han delineado un “nicho”.
Hemos podido observar cómo se educa de manera distinta a hombres y mujeres. Se
asignan roles dependiendo del sexo que
tenemos al nacer; por ejemplo, las niñas con cocinitas, los niños con camiones,
juguetes no tan inocentes que indirectamente van enseñando el “lugar” en el
cual la sociedad pretende que los individuos se desarrollen a lo largo de la
vida.
Acompañado de los roles de género
vienen mandatos, dichos populares, chistes, cuentos, películas que generan
estereotipos los cuales producen mitos y creencias que sostienen la
superioridad del hombre sobre la mujer. Entre estos mitos, está el de Adán y Eva. No sabemos a ciencia
cierta si existieron, pero éste, (el mito) se contó de generación en generación
justificando y avalando la opresión del hombre hacia la mujer por el error cometido
por Eva, cuando convenció a Adán de comerse la manzana, que era el fruto
prohibido. Sentenciada desde entonces, Génesis 3 dice: “Entonces Dios el señor,
le dijo a la mujer: - Aumentaré tus dolores cuando tengas hijos y con dolor los
darás a luz. Pero tu deseo te llevará a tu marido y el tendrá autoridad sobre
ti”…
En muchos países, tristemente está vigente esa premisa aun en
pleno siglo XXI. En el medio oriente, la mujer sigue siendo una ciudadana de
“segunda”. Allá el Estado está más preocupado en la protección de la familia,
(en donde se confiere a la mujer el espacio privado de la casa y el cuidado de
los niños), que en el resguardo de los miembros de ésta como individuos. Por
tanto, a las mujeres se les excluye de los derechos, privilegios y seguridad
que los ciudadanos de toda nación deben gozar.
Sin ir más lejos, en Arabia Saudita, por ejemplo, se prohíbe a
las mujeres conducir autos porque esto supone que además de estar ausentes del
hogar, tienen que tener los rostros descubiertos para ver el camino de forma
clara o para cumplir con los chequeos rutinarios en carreteras o en caso de un
accidente de tránsito. Las mujeres “obligatoriamente”
se deben tapar la cara y el cuerpo si no, están sujetas a hostigamiento físico
por parte de la policía.
En la India, el matrimonio infantil,
costumbre muy arraigada en su cultura, resulta ser a veces una tragedia para
las niñas, las familias y las comunidades. Cuanto más joven es ésta y menos
estudios tiene, menor es la dote que su familia debe pagar por casarla. Estas
niñas (7-15 … y más años) pierden todo:
amigos, escuela y toda opción de progresar para convertirse en madres desde muy
temprano y estar al antojo de las apetencias
del “esposo” que en la mayoría de los casos son adultos y hasta “viejos
verdes”.
Colombia no escapa a esta cruda
realidad. A pesar de haber logrado el reconocimiento de ciertos derechos,
todavía hay muchas mujeres y niñas, que son víctimas de la violencia verbal,
física, sexual y psicológica. En las mujeres de bajos recursos se encuentran
las que se desempeñan en trabajos que no tienen reconocimiento como son las
actividades domésticas (actualmente hay mas reconocimiento); Igualmente vemos las
que están expuestas a todos los riesgos propios del ejercicio de la prostitución;
muchas huyen con sus hijos a cuestas por el conflicto interno, buscando
sobrevivir. En la clase media baja, es común encontrar mujeres que centran
todas sus posibilidades de realización personal buscando oficios como los de
vendedoras, cajeras, quedando sujetas algunas veces al menosprecio social por
considerarlas en oficios marginales y de poco “status”. La lista de las
inequidades sigue… Pero también hay las que por su preparación están escalando
cada vez más, mejores posiciones en todos los ámbitos.
Para
eliminar los mitos que pesan sobre la población femenina, pienso que se
requieren nuevas leyes que no sean ambiguas en cuanto a los derechos de ésta.
La educación permitirá que se conozcan sus derechos y les aporte herramientas
para defenderlos. Para ello, la sociedad y los padres deben enseñar a las
mujeres a tomar decisiones, a poner límites y a expresar lo que les disgusta para
no ser tan vulnerables y aprender a ser libres desde pequeñas y así tener una
nueva realidad justa y edificante.
Como decía
Simone de Beauvoir: “No se nace
mujer, se llega a serlo”.
nerea6@yahoo.com

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